Si te quieres divertir, Fundación Laboratorio Bosque de Niebla es tu lugar

El mar estaba cubierto de basura; las olas alzaban los desperdicios en suaves vaivenes, como si fuesen parte de ellas. Esta visión horrorizó a Hugo Bautista, un diseñador industrial que trabajaba para el sector defensa haciendo proyectos de ciencia y tecnología. Hugo se encontraba en la costa pacífica, cerca a Bahía Málaga, cuando fue testigo de aquella catástrofe ambiental.

La escena se quedó tatuada en su mente, y lo siguió hasta en las pesadillas. Lo que más le preocupaba era que las basuras no significaban la única problemática para el planeta. La biodiversidad en sí corría un grave peligro. Tan solo hay que ver las cifras que dio la Evaluación de la Declaración de Bosque; esta iniciativa aseguró que en el 2022 se deforestaron 6.6 millones de hectáreas mundialmente.

Si dimensionamos esta cifra, sería como juntar alrededor de 400 ciudades con la extensión que tiene Bogotá. 

Hugo sabía que la deforestación acarrea otras situaciones nefastas, como la extinción de diversas especies. De acuerdo con la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, en Colombia hay 1.200 especies de fauna y flora amenazadas; de estas, hay 630 especies catalogadas como Vulnerables, 400 en Peligro y 170 en Peligro Crítico.

Hugo compartía su preocupación con María Fernanda Loaiza, una amiga experta en patrimonio cultural y ambiental. María Fernanda había viajado por diferentes rincones de Colombia, como Putumayo, Valle del Cauca y Nariño, en donde trabajó en compañía de comunidades indígenas, por lo que adquirió un vasto conocimiento sobre el cuidado de los recursos naturales.

Fusionando los conocimientos de ambos, se dieron cuenta de que podían crear una solución trascendental que contribuyera a salvar al planeta. Así que idearon un proyecto, en el cual educaban a las personas sobre la biodiversidad, usando la ciencia y la tecnología. ¿En dónde hacerlo? Esa era la pregunta.

Pensaron en varias opciones: las preciosas costas del Pacífico, los extensos llanos de la Orinoquía…Sin embargo, la realidad los arrastró con un golpe certero: era demasiado ambicioso instalarse en aquellos paisajes lejanos, además, los recursos que tenían en ese momento los encadenaban. Pero eso no los iba a detener, así que dirigieron su mirada a otro destino: a los bosques nublados de la capital colombiana.

Un viaje a través de los bosques de niebla

En medio de los inmensos Cerros Orientales que se imponen sobre Bogotá, se encuentra la Reserva Forestal Bosque Oriental, un bosque que es musicalizado por los tímidos riachuelos que lo recorren y los dulces trinos de las aves. La niebla se cuela entre las hojas de las plantas, camuflando a los pequeños y ansiosos mamíferos. Es un paraíso frío, en donde nacen vivarachas las plantas propias de los páramos.

Corría el 2014 cuando, cubiertos en gruesas capas de ropa, Hugo y María Fernanda llegaron a estas tierras gobernadas por el granizo. De inmediato, se dieron cuenta que era un paraíso con una gran riqueza natural, así que decidieron instalarse allí para edificar su sueño.

Pero no estaban solos en aquellos lares; el bosque era el hogar de los habitantes de la Vereda el Verjón, quienes se dedicaban a la agricultura. Hugo vio una oportunidad en sus vecinos, así que empezó a conversar con ellos, para conocer más sobre la increíble biodiversidad en la que se encontraban.

“¡Ah! ¿Ese pájaro? Es un colibrí” respondían las personas a quienes les preguntaba, pero, el detalle asombroso es que en los cerros orientales hay alrededor de 25 especies de esta singular ave.

No todo era bueno. Había otra situación que preocupaba a Hugo, y era que la mayoría de sus vecinos tendían a talar los árboles para crear potreros, obviando la importancia ecológica que estos tenían. Cada vez que trataban de concientizarlos, hacían oídos sordos.

“Los adultos son un caso perdido” suspiraba Hugo. Sin embargo, había una pequeña luz de esperanza entre la espesa neblina, o mejor dicho, varias lucecitas: los niños y niñas de la vereda. Así que dirigieron su proyecto de educación ambiental a ellos.

De esta forma empezaron a invitarlos a cada uno de forma independiente, y los niños acudían a su llamado, con la curiosidad palpitando en sus inocentes corazones. Allí, Hugo preparaba diferentes actividades muy divertidas, como talleres de ilustración y clases de manualidades, en donde los niños escogían algún animal propio de la zona para retratar, mientras Hugo les explicaba las características de cada uno y su papel dentro del ecosistema. El objetivo de esto era que los más pequeños se dieran cuenta de la importancia que tiene la naturaleza en sus vidas.

Además de María Fernanda, otras personas comenzaron a integrarse a este sueño. Así, el equipo de Hugo fue testigo de cómo los niños se convertían en inquietas esponjas, que absorbían todo el conocimiento que se les daba. 

Sin más, sus esfuerzos hicieron que floreciera un sueño de esperanza llamado Fundación Laboratorio Bosque de Niebla (Labni). En donde imparten conocimientos sobre la biodiversidad que conforma los bosques de niebla, a través de diferentes recursos tecnológicos y científicos.

Pero, ¿dónde está la ciencia y la tecnología? Calma, te lo cuento más abajo.

La ciencia para acercarse al medio ambiente

Hugo comenzó a escribir nuevos capítulos en la historia de la Fundación Laboratorio Bosque de Niebla. En 2018, logró la personería jurídica, es decir, aquello que certifica que es una institución formal ante el Estado y, así mismo, que era sin fines de lucro. El proceso no fue sencillo, claro que no. Los pasos para obtener esta especie de “certificación” son lentos, y generan cierta desesperación. Pero Hugo y su equipo fueron pacientes, porque sabían que la recompensa valía la pena.

Caminando en este sendero de la innovación, Hugo comenzó a integrar una idea sorprendente a la fundación: cámaras trampa, es decir, cámaras que registraban imágenes de las aves que habitan en el bosque. 

Para esto, tuvieron que pasar por este proceso. Primero, empezaron a programar un computador con código abierto, luego ensamblaron e instalaron las cámaras en diferentes partes de los árboles y las conectaron a una red Wifi; así, las imágenes que toman, llegan al computador. Dichas cámaras funcionan con un sensor de movimiento, es decir, captan imágenes de forma autónoma. 

Este proyecto dio paso a la oportunidad de aportar conocimiento a plataformas de ciencia ciudadana, tales como iNaturalist, Wildlife Insights y NaturaLista, contribuyendo a la construcción de conocimiento sobre la biodiversidad. Y no solo eso, gracias a esta iniciativa, Hugo comenzó a dar talleres de electrónica y programación a los adolescentes de la Vereda el Verjón para que así se acercarán más a las tecnologías. 

Los jóvenes y niños comenzaron a abrir sus mentes a nuevos conocimientos, logrando, de cierta manera, ver un mundo en donde el campo no era sinónimo de pobreza. Como en muchas partes rurales de Colombia, en la Vereda el Verjón los servicios públicos son precarios. De acuerdo con la Secretaría de Integración Social (aunque suene irónico) las viviendas no cuentan con agua del acueducto y muchas no tienen electricidad. 

Por eso, la Fundación Laboratorio Bosque de Niebla se alzó en medio de la neblina como una forma distinta de ver la ruralidad.

El dinero y los intereses egoístas: dos contrincantes a quien enfrentar

La esperanza de proteger el planeta; ese es el motor de Hugo para caminar de la mano con los niños por aquel bosque andino, enseñándoles sobre la impresionante biodiversidad con la que habitan. Cada vez que las cámaras captan un tipo de ave que no habían visto, nuestro protagonista se emociona tanto que sus ojos brillan de felicidad.

Ni siquiera la congestión que ahoga su nariz, debido a ese frío acumulado de la montaña, es un impedimento para que ame apasionadamente su iniciativa.

Sin embargo, hay un problema que a veces lo aqueja: el dinero. Lastimosamente, lo necesitamos para sobrevivir.

“¿Cómo nos podemos financiar?” era una pregunta que se hacía Hugo, hasta que al fin se encendió un bombillo en su mente: decidió ofrecer caminatas a los colegios de Bogotá, y dar clases sobre conservación ambiental. Claro, cobrando una tarifa por eso. Las cosas iban bien, se aventuraba con los pequeños por los senderos del bosque, mostrándole las especies de árboles y aves que vivían allí, 

Pero algo inesperado sucedió; algo que frenó el mundo: la pandemia. Los talleres con los niños de la vereda y de los colegios se cancelaron, claro, por seguridad. “¿Cómo podemos seguir con nuestra misión?” era la nueva incógnita que se presentaba frente a Hugo; así que echó mano de la ciencia y tecnología. Pero hacía falta algo más, así que agregó un ingrediente final: el arte. 

Precisamente, Hugo es ilustrador, así que entre sus pasiones está pintar y dibujar, por lo que aprovechó estas habilidades y creó su nuevo proyecto.

Así, nació “Bogotensis, fauna y flora de Bogotá contra la sexta extinción masiva”, un libro transmedia, el cual contiene ilustraciones de quince especies de animales, una descripción de cada criatura y códigos QR que redirigen a su página web, www.bogotensis.co, en donde se encuentra más información sobre dichas especies, como videos, fotografías y otros datos bastante importantes.

De esta forma. las cosas pintaban bien para nuestro innovador y su huerto de pequeños ambientalistas. Pero…una pesada nube de envidia empezó a cubrir de sombras este sueño.

Aunque estos bosques inspiran a una paz sosegada, sus árboles son testigos silenciosos de una guerra de intereses. Hugo se dio cuenta de que habían distintos grupos de personas que veían a este ecosistema de diferentes formas, pero, en la mayoría de las ocasiones, no como un epicentro de la vida. Por ejemplo, había campesinos tradicionales que practicaban la agricultura insostenible, lo que dañaba al medio ambiente. Otros  veían un futuro en donde las copas de los árboles eran reemplazadas por inmensos edificios.

Por eso, muchos veían el proyecto de Hugo como un obstáculo bastante molesto para alcanzar sus objetivos, así que los acusaban con las distintas entidades. A pesar de esto, nuestro protagonista se vio librado de las piedras que le arrojaron.

El lema que protegerá al planeta

“Conocer lo nuestro nos fortalece” es el mantra de la fundación. Saben que si las personas son conscientes de la importancia que tiene la biodiversidad que los rodea, se motivarán a protegerla.

Hugo tiene grandes sueños para La Fundación Laboratorio Bosques de Niebla; quiere integrar nuevas tecnologías para sus cámaras trampa, fortalecer el ecoturismo en la región y continuar con sus talleres de cuidado ambiental. ¿Por qué esforzarse tanto? Porque nuestra próximas generaciones, aquellos que vivirán en 200 años, estarán agradecidos por los esfuerzos que hacemos en el presente.

Psss, oye, sé que este artículo no tiene fines comerciales, pero sería muy bueno si te pasas por la página https://bogotensis.co/ y le echas un vistazo a los productos que vende la fundación, por si hay alguno que te interesa. Y si quieres que tu colegio viva la experiencia de caminar por estos bosques, puedes agendar una cita en el siguiente link https://labni.org/talleres/


Entrevistado: Hugo Bautista
Director ejecutivo de Labni
Escrito por: María Lucía Sarmiento Rojas (Semillero ALUNA)

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