Mi nombre es Valentina Barbosa y, cuando era niña, mi rutina favorita consistía en sentarme frente al televisor durante horas interminables para maravillarme con canales como Animal Planet y Discovery. Mientras otros niños soñaban con personajes de historietas que volaban o tenían fuerza sobrehumana, yo veía en esa pantalla a mis verdaderos superhéroes: los biólogos y científicos que se adentraban en lo profundo del campo para descubrir los secretos del mundo.
Para mí, ellos no necesitaban llevar capas de colores brillantes, porque su uniforme de botas pantaneras y libretas de campo era suficiente para intentar salvar el planeta. Me causó una curiosidad tan inmensa ver cómo se construía la ciencia en la vida real. Por esto me propuse firmemente llegar a ser uno de ellos. Yo también quería tener ese superpoder, quería ser esa heroína de la naturaleza, y eso me llevó a tomar la decisión más importante de mi existencia: estudiar Biología.
El llamado a la aventura: Cuando un héroe duda
Debo confesar que el entrenamiento para convertirme en científica no fue nada sencillo. Al principio, yo pensaba que la biología se trataba exclusivamente de trabajar abrazando animalitos y cuidando plantas en un ambiente idílico. Sin embargo, me estrellé de frente con un campo inmensamente extenso donde tuve que dominar disciplinas como la química, la física y la programación. Mi mayor obstáculo fueron los cálculos; en el colegio nunca me enseñaron integrales ni derivadas, así que sufrí bastante intentando entender las temáticas, en especial las ecuaciones diferenciales.
Dicen que, para ser un superhéroe, primero tienes que creértelo. En mi caso, yo no lo creía, hasta que un profesor vio en mí algo que yo misma ignoraba. Él fue esa fuerza que me impulsó a creer en mis capacidades cuando mi trabajo era solo un modesto proyecto de aula y un portafolio de ilustraciones. Su apoyo me llevó a ganarme una beca que hoy financia mi proyecto de grado, permitiéndome viajar a la inmensidad de la sabana, específicamente a la zona rural de San Martín de los Llanos, en el departamento del Meta en Colombia. Todo lo anterior con el apoyo de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas de Bogotá.
Actualmente, mi base de operaciones secreta es la reserva natural Rey Zamuro Mata Redonda. ¿Qué sentí en el momento exacto en que todo esto se hizo realidad? Terror absoluto. Me asusté muchísimo porque sentía que la beca era una responsabilidad inmensa y no quería dejar mi imagen por el suelo. No obstante, a la par de ese miedo, sentí una emoción electrizante; este reto me sacaba de mi zona de confort y decidí que daría lo mejor de mí.
Para comprender la magnitud del peligro al que nos enfrentamos y la necesidad de un superhéroe, basta con mirar lo que está ocurriendo en la Orinoquía colombiana. Según el Instituto Humboldt en el Reporte Bio Orinoquía del 2025, esta región alberga 23.487 especies de fauna y flora —casi el 29 % de las registradas en el país— y 761 especies de aves. Sin embargo, durante las últimas cuatro décadas la huella de las actividades humanas sobre sus ecosistemas ha aumentado un 35 %.
La expansión de la frontera agropecuaria, el crecimiento de los cultivos agroindustriales, la transformación de las sabanas y la presión sobre los recursos hídricos están modificando aceleradamente estos paisajes, mientras 491 especies ya se encuentran en alguna categoría de amenaza. El gran reto no es elegir entre producir alimentos o conservar la naturaleza, sino demostrar que ambas pueden coexistir. En medio de ese paisaje viven mis protegidos: los mochuelos (Athene cunicularia), unos búhos diminutos de apenas 23 a 28 centímetros de longitud que, a diferencia de la mayoría de las aves rapaces, no viven en árboles, sino bajo tierra.

Fuente: Charles J. Sharp, Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).
Esa casita subterránea, su madriguera, es su único refugio en una sabana a la intemperie para esconderse de depredadores, poner sus huevitos y criar a sus polluelos. Pero cuando las actividades humanas transforman la sabana sin reconocer estos refugios, los tractores pueden terminar tapando las madrigueras. Imagina que un día regresas a tu cuarto y descubres que tu casa ha sido demolida y tu cama ya no existe; así de devastador es para ellos. Al no saber construir nidos y sufrir un estrés altísimo, se ven obligados a buscar a otros animales que excavan, como los armadillos o “gurres”, para compartir la madriguera como si fueran “roomies”.
Los ojos que nunca parpadean
Para vigilar a estos pequeños emplumados sin perturbarlos, he tenido que equiparme con herramientas dignas de un agente secreto y organizar mis horas de vigilancia en cuatro jornadas rotativas: en turnos durante el amanecer (5 a 6 a.m.), la mañana (8 a.m. a 12 p.m.), la tarde (2 a 5 p.m.) y el crepúsculo (5:40 a 7 p.m.). Durante el día me mantengo a unos 100 metros de distancia, ya que acercarme haría que me perciban como una amenaza invadiendo su territorio.
En la oscuridad el reto es gigantesco, pues los mochuelos son aves rapaces con uñas diseñadas para despedazar presas, y de noche se vuelven sumamente activos cazando. Como no puedo alumbrarlos con linternas porque los asustaría, confío en mi arsenal tecnológico: un par de binoculares de largo alcance, una cámara fotográfica de alta resolución, un visor infrarrojo que ilumina el área con una luz totalmente invisible para el ojo humano, una cámara térmica para detectar el calor corporal mostrando los animales en colores brillantes, y tres cámaras trampa con sensores automáticos que graban al detectar movimiento.

Fotografías: Cortesía de Valentina Barbosa.
Toda esta observación la traduzco a un lenguaje científico llamado etograma, una especie de diccionario donde cada comportamiento recibe un nombre, un código y una descripción objetiva. Para que este conocimiento no se quede solo en los laboratorios, utilizo la ilustración; dibujar bocetos y pasarlos a digital me permite explicar claramente acciones como el “acicalamiento de alas” para que cualquier persona o niño pueda entenderlas. Cada dibujo me obliga a detenerme, observar con paciencia e intentar ver el mundo desde la perspectiva de un mochuelo. Quizá ese sea el mayor superpoder que la biología me ha regalado.

Fotografías: Cortesía de Valentina Barbosa.
Sin embargo, estar en el campo exige sacrificios. Sola en la reserva, bajo un sol abrasador, me enfrento a mis propios villanos: los “coloraditos”, una especie de insectos diminutos del pasto que se pegan a la piel y dejan cientos de ronchas rojas que pican muchísimo. También debo caminar sigilosamente para no asustar a las vacas con sus terneros y estar atenta a zorritos, venados o algún rival digno como el jaguar. Pero la desconexión total del afán humano durante todo este proceso y el asombro de ver los paisajes más hermosos, hacen que cada esfuerzo valga la pena.
Un aleteo que transforma el mundo
El impacto de mi trabajo trasciende por mucho el simple hecho de observar a un búho. Al entender los hábitos de los mochuelos, estamos demostrando con bases sólidas que la coexistencia entre la vida silvestre y la ganadería (que sostiene a miles de familias colombianas) es una realidad posible, no una utopía. Con esta información, podemos salvar sus vidas construyendo madrigueras artificiales efectivas usando tubos de PVC, verificando si actúan de forma sana en ellas.
Salvar a los mochuelos significa proteger toda una red ecológica. Es cambiar el mundo desde la sabana tropical. Si evitamos que desaparezcan, mantenemos el control natural de plagas e insectos y contribuimos a preservar la oxigenación de los suelos a través de sus madrigueras. Además, divulgar esto derriba la ignorancia que lleva a algunas personas a matar a estos búhos por creer que sus cantos nocturnos son brujas o mal agüero. Mi gran sueño a futuro es que Colombia, con su biodiversidad inimaginable, alcance el nivel de investigación que vemos en los documentales de África, donde los animales se han acostumbrado a nosotros y podemos estudiarlos sin que huyan aterrorizados.
Si hoy tuviera enfrente a una niña de 10 años que ama la naturaleza, pero cree que la ciencia es solo para genios de bata blanca, le diría: ¡La ciencia no es solo para los genios! Quien cree saberlo todo, pierde su capacidad de asombro. La ciencia nace de las personas comunes que poseen el mayor superpoder de todos: la curiosidad. Es la curiosidad la que nos hace fijarnos en esos pequeños detalles que otros ignoran, permitiéndonos hacer las preguntas correctas para sanar el planeta.
Mi último mensaje para ti es que nunca pierdas tu capacidad de asombro. Déjate sorprender por las distintas formas de vida y por las personas que habitan contextos diferentes al tuyo. Atrévete a hacer preguntas, incluso aquellas que parezcan insignificantes. Nunca sabes cuál de ellas terminará llevándote a descubrir algo que cambie la vida de una especie… o la tuya.
Autor: Chaloun Fernanda Pachón García.
Entrevistado: Valentina Barbosa Arias.
Profesión: Estudiante de Biología último semestre – Universidad Distrital.
Ciudad/municipio: San Martin.
Departamento: Meta.
Correo electrónico: vaalbarbosaarias@gmail.com
Teléfono: +57 323 4212328
¡Hola! Para acceder a las actividades ALUNA debes iniciar sesión con el usuario y contraseña que fue proporcionado a tu institución. Por favor loguéate e inténtalo de nuevo.

