Los gigantes dormidos en Colombia que podrían cambiar la forma en que producimos energía.

El cambio ya comenzó 

Ahora mismo, mientras lees estas palabras, hay una pequeña fiesta invisible ocurriendo dentro de tu celular, computador o Tablet. Millones de electrones corren de un lado a otro para que la pantalla brille, las letras aparezcan y tus ojos puedan seguir leyendo. Parece magia, pero no lo es. Es energía eléctrica.

Lo curioso es que casi nunca pensamos en ella. Solo la notamos cuando se va la luz, cuando el ventilador se apaga o cuando el celular queda en 1 %. Entonces entendemos algo importante: la energía no es un lujo. Es como una llave que abre muchas puertas. Pero aquí aparece el gran enredo: ¿cómo lograr que esa energía llegue a todos, sea confiable y además no enferme al planeta? 

A ese rompecabezas se le llama “trilema energético”. Colombia necesita tres cosas al mismo tiempo: que todas las personas tengan acceso a electricidad, que el servicio no falle fácilmente y que producir esa energía no dañe el ambiente.

El problema es que cumplir las tres metas a la vez no es tan fácil como prender un interruptor.

Ejemplos de los diferentes tipos de energías renovables. Cinco manos sostienen, cada una, una pieza distinta. No es casualidad que sean manos humanas y no máquinas: la transición energética no es solo tecnología, sino personas sosteniendo cada pieza del sistema.

Un país con luz, pero no para todos

Colombia tiene una ventaja enorme: buena parte de su electricidad viene del agua. Las hidroeléctricas funcionan como grandes fábricas de energía donde el agua cae con fuerza, mueve turbinas y produce electricidad. Es como cuando un río empuja una rueda, solo que a una escala gigante.

Según datos del Departamento Nacional de Planeación (DPN), en 2023 Colombia tenía cerca de 19,9 gigavatios de capacidad instalada, y alrededor del 66 % provenía de hidroeléctricas. En otras palabras, si la electricidad del país fuera una gran receta, el agua sería su ingrediente principal. A esa combinación de fuentes de energía se le llama matriz eléctrica, y gracias a ella Colombia depende menos del carbón y del petróleo que muchos otros países. Pero aquí viene el detalle que no se puede ignorar: si dependemos demasiado del agua, también dependemos demasiado de la lluvia.

Cuando llega una sequía fuerte o el fenómeno de El Niño, los embalses bajan. Es como si la batería gigante del país empezara a descargarse. Entonces Colombia debe apoyarse más en termoeléctricas que funcionan con gas o carbón, y eso aumenta las emisiones contaminantes.

Además, aunque la mayoría de la población tiene electricidad, no todo el territorio está conectado a la red nacional. El DNP explica que cerca del 52 % del territorio colombiano no está conectado al Sistema Interconectado Nacional. Muchas de estas zonas están en regiones apartadas, donde llevar postes, cables y torres puede ser muy costoso.

Imagina una escuela en una vereda lejana. Allí los niños quieren usar computadores, los profesores quieren proyectar videos y las familias necesitan cargar celulares para comunicarse. Pero si la energía depende de transportar combustible por río, carretera destapada o avioneta, cada bombillo encendido cuesta mucho más de lo que parece.

Por eso, las energías renovables no convencionales aparecen como una caja de herramientas para el futuro.

La caja de herramientas del futuro

La primera herramienta es el sol. La energía solar funciona con paneles que capturan la luz y la transforman en electricidad. Imagina que cada panel es una especie de “hoja de planta tecnológica”. Así como las plantas usan la luz del sol para vivir, los paneles solares usan esa luz para producir corriente eléctrica.

De acuerdo con información del Ministerio de Minas y Energía, Colombia tiene un potencial solar muy valioso. En zonas como La Guajira y Vichada, el sol brilla con tanta fuerza que podría ser un aliado enorme para comunidades alejadas. Un techo con paneles solares puede ayudar a una escuela, una finca, un centro de salud o una casa que antes dependía de combustibles costosos. Detrás de un panel solar no solo hay silicio y cables. Hay ingenieros electrónicos, químicos y técnicos que trabajan fuertemente para hacer posible este primer gigante. 

El sol también tiene su reto: no trabaja de noche. Por eso, muchas veces se necesitan baterías o sistemas de respaldo. Es como guardar jugo en una botella para tomarlo después. La energía se produce durante el día y, si se almacena bien, puede usarse cuando oscurece.

 Hileras de paneles bajo un cielo despejado en El Paso, Cesar, uno de los tres proyectos solares más grandes que entraron en operación en Colombia

La segunda herramienta es el viento. Los aerogeneradores son esas torres altísimas con aspas que giran como molinos modernos. Cuando el viento sopla, empuja las aspas; estas mueven un generador, y el generador produce electricidad.

Antes de que un aerogenerador comience a girar, ingenieros civiles estudian el terreno, ingenieros mecánicos diseñan sus componentes, ingenieros eléctricos integran la energía a la red y especialistas ambientales trabajan con las comunidades para que el desarrollo sea sostenible.

La Guajira es uno de los lugares más prometedores para esta tecnología. Según el IDEAM, en el noreste de ese departamento se registran vientos iguales o superiores a 5 m/s alcanzando incluso los 11 m/s, más del doble de lo que se necesita para proyectos de gran escala. Eso significa que allí el viento no solo despeina: también podría iluminar.

Sin embargo, la energía eólica también debe desarrollarse con cuidado. Los proyectos requieren estudios técnicos, inversión y trabajo conjunto entre ingenieros, especialistas ambientales y profesionales de las ciencias sociales. No se trata de llegar, poner torres y celebrar. Una transición energética justa debe escuchar a quienes viven allí y asegurar que los beneficios también lleguen al territorio.

Fotografía tomada por Gianpaolo Contestabile. Niños de una comunidad Wayuu observan los aerogeneradores instalados de manera invasiva en su lugar de residencia.

La tercera herramienta está escondida donde muchos solo ven basura: los residuos.

El biogás se produce cuando residuos orgánicos, como restos agrícolas, estiércol o desechos de alimentos, se descomponen sin oxígeno. En ese proceso aparecen gases, especialmente metano, que pueden usarse para generar calor o electricidad. 

Colombia genera grandes cantidades de residuos agrícolas y ganaderos que, con un adecuado aprovechamiento, pueden convertirse en energía y fertilizantes. Pero también hay que tener cuidado: el metano calienta mucho la atmósfera si se escapa. Por eso, los sistemas de biogás deben estar bien diseñados, vigilados y mantenidos.

Aquí la ciencia no parece una película futurista. A veces parece un panel en un techo, una turbina en el viento o un biodigestor en una finca. La innovación no siempre hace ruido. A veces trabaja en silencio para que una familia pueda prender una luz.

Biodigestores de bajo costo hechos con bolsas de polietileno que aprovechan no solo los residuos de la ganadería sino también los excrementos humanos. Instalación realizada en el departamento de Santander

El reto de encender sin apagar el planeta

Aunque Colombia tiene sol, viento, agua y biomasa, el reto no se resuelve solo diciendo: “tenemos potencial”. Tener potencial es como tener semillas en la mano. Hay que sembrarlas, cuidarlas y darles tiempo.

Uno de los grandes obstáculos es el financiamiento. Llevar energía a zonas apartadas exige nuevas formas de inversión, diseñadas por economistas e ingenieros financieros, además del apoyo del Estado y proyectos adaptados a cada territorio. También se necesita información. Si Colombia quiere tomar buenas decisiones, debe saber dónde hay más sol, dónde sopla mejor el viento, dónde existen residuos aprovechables y qué comunidades necesitan soluciones urgentes. Los datos son como un mapa del tesoro: sin ellos, es fácil caminar en círculos.

Pero hay algo más importante todavía: la energía del futuro no será construida solo por grandes empresas o por personas adultas con cascos blancos. También necesitará jóvenes curiosos, niñas que hagan preguntas, estudiantes que armen prototipos, comunidades que propongan ideas y profesores que conviertan un salón de clase en laboratorio.

Un niño que hoy pregunta “¿de dónde viene la luz?” puede ser mañana quien diseñe una batería más barata. Una niña que mira un panel solar con curiosidad puede convertirse en ingeniera. Un joven que vive en una zona rural puede imaginar una solución que nadie desde una oficina en la ciudad había pensado.

Por eso, la transición energética no es únicamente un tema de cables, turbinas y paneles. También es una historia humana. Es la historia de cómo un país aprende a usar mejor lo que ya tiene: el sol que cae sobre los techos, el viento que recorre los desiertos, el agua que baja de las montañas y los residuos que antes parecían inútiles. Colombia no necesita escoger entre tener energía o cuidar el planeta. El verdadero desafío es aprender a hacer ambas cosas al mismo tiempo.

Tal vez el futuro energético del país no sea una sola gran máquina, sino muchas soluciones trabajando juntas: paneles solares en escuelas, turbinas en zonas ventosas, biodigestores en fincas, pequeñas redes comunitarias y jóvenes capaces de imaginar lo que todavía no existe.

Al final, la pregunta no es solo si Colombia podrá guardar el sol en el bolsillo, atrapar el viento o transformar residuos en energía. La pregunta más emocionante es quiénes se atreverán a hacerlo posible. Y quizá, entre esos futuros inventores, estés tú.

El próximo protagonista puedes ser tú

La transición energética no la van a construir solos los grandes inversores ni los gobiernos. También la impulsarán personas como tú: jóvenes curiosos, con ganas de aprender y de cambiar las cosas. 

Un estudiante de colegio puede empezar por entender de dónde viene la electricidad de su hogar, cuánto consume una nevera o por qué una bombilla LED ahorra energía. Un joven de universidad puede participar en semilleros, proyectos de medición solar, diseño de biodigestores o estudios de eficiencia. Existen iniciativas de energía comunitaria que ya incluyen paneles solares, biogás, deshidratadores solares y bici-máquinas: soluciones donde la creatividad y la ingeniería se encuentran con la vida cotidiana.

La próxima vez que enciendas la luz de tu habitación, recuerda que detrás de ese interruptor no solo viajan electrones. También viajan ideas, y quizá la próxima gran idea que ilumine a Colombia todavía no exista. Tal vez esté esperando en el cuaderno de alguien que hoy acaba de terminar de leer este artículo.

Ebilardo Martínez, a la izquierda del panel, colabora con pupilos y técnicos en la instalación de la celda fotovoltaica en  el casco urbano de Peque. Fotografia tomada del periodico virtual EL PAIS 50

Autor: Nicolas Moreno Duque y Jimena Flórez Prada

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