“Cof, cof” tosía Guayacán. El pobre árbol no dejaba de toser porque había tanto humo que a duras penas podía ver sus ramas.

Guayacán vivía en una ciudad en donde había un montón de carros, ¡demasiados! Las personas en vez de vivir en casas comunes y corrientes, dormían y comían en vehículos de cualquier tipo.

Parece un mundo sacado del futuro, pero los árboles estaban bastante enfermos por culpa de ese humo infernal.

“COF, COF! ¡Oh, no, no puedo respirar! Pobre de mí” lloraba Guayacán, quien estaba muy triste, pues era primavera y sus flores se habían convertido en tristes hojas grises y marchitas.

“¡Guayacán! ¡¿Qué le pasó a tus flores?! ¡Eran brillantes y olían delicioso!” preguntó Alex, un niño de ojos saltones y curiosos como los de un búho.

“Este condenado humo nos tiene mal, ¡mis flores no volverán a ser hermosas nunca más!” se quejaba el pobre árbol.

Alex no podía permitir que su amigo siguiera sufriendo, así que corrió a las afueras de la ciudad para hablar con su abuelo, la única persona que no vivía en un auto, pues prefería la tranquilidad que le ofrecía la naturaleza.

Al llegar, Alex encontró a su abuelo en su amada mecedora, mirando a las montañas con un deje de admiración y cariño.

“¡Abuelito! ¡Abuelito! Necesito tu ayuda, los árboles están muy enfermos por culpa del humo de los carros” exclamó con urgencia Alex.

“¡Oh! Esas endemoniadas máquinas, ¡deberíamos desaparecerlas todas, toditas! ¡Hacerlas explotar!” gruñó el anciano. Él detestaba los carros, les tenía un odio sin cuartel.

“Esa no es la solución, abuelito” respondió Alex, tratando de calmar la ira de su abuelo. “Voy a ir a tu biblioteca, de seguro encontraré algo”.

Alex entró a la casa mientras su abuelo refunfuñaba en solitario. El anciano era un hombre cascarrabias, pero muy aficionado a la lectura, por eso, su casa contaba con una gigantesca biblioteca, cuyos estantes, repletos de libros, llegaban hasta el techo.

Con la determinación bombeando en su pecho, el niño empezó a buscar y a leer los libros sobre vehículos, para encontrar la forma de que estos dejaran de emitir ese humo dañino. Estuvo leyendo, leyendo y leyendo, hasta que el sol se escondió en la montaña y los grillitos empezaron su melodía nocturna: “Cri, cri, cri”.

“¡No entiendo nada!” sollozó el niño. Las palabras daban vueltas en su cabeza y se mezclaban entre sí, como un gran sancocho. Se sentía frustrado, le había fallado a su amigo Guayacán.

“¿Ahora qué haré? ¡BUAAAAA!” Alex comenzó a llorar, derramando gruesas lágrimas sobre el libro que estaba en sus piernas.
“Oye, niño, deja de llorar, que vas a arruinar los libros” dijo una voz gruñona. Alex se calló y buscó a la persona que había hablado, pero en la biblioteca solo estaban él y los imponentes muros de libros.

“¿Hola? ¿Quién está por ahí?” preguntó, mientras se limpiaba la nariz.

“Aquí abajo, muchacho” respondió la voz. Alex miró hacía el piso y se encontró con un humano muy chiquitito, tan alto como la mitad de un alfiler.

“Oh, un duende” dijo Alex al ver que tenía orejas puntiagudas.

“No, no, no” negó el pequeño. “Soy un nano, los duendes son más feos. No me ofendas” respondió indignado.

“Lo siento, no sabías que existían…¿mi abuelo sabe de ustedes?” preguntó Alex con curiosidad.

“Jamás nos ha determinado. Pero somos quienes arreglamos las goteras, la madera podrida y hasta las páginas de los libros. ¡Podemos arreglar o mejorar cualquier cosa!” expresó con orgullo el nano.

“Mejorar…¿puedes mejorar cualquier cosa?” preguntó Alex con la esperanza llenando sus pulmones.

“Sí, claro” respondió el nano hinchado de fanfarronería.

Alex le contó que necesitaba arreglar los carros para que no generarán tanto humo. El nano estalló de alegría cuando el niño le pidió ayuda, y buscó a sus otros amigos nanos para que se unieran a esta valiosa misión.

El niño le pidió permiso a sus vecinos para que los nanos pudieran arreglar los autos. Ellos estaban dudosos, tenían pavor de que sus amados vehículos se dañaran, pero decidieron confiar en Alex, porque era conocido por ser un niño muy inteligente.

Así, los nanos entraron a los motores de los carros y empezaron su tarea. “Crash” “Squish” “Plush” se escuchaba al interior de los autos. Los nanos se dieron cuenta que el problema era el combustible, porque estaba extremadamente sucio (¡fushi!).

Con sus poderes mágicos, los nanos limpiaron el aceite “chiqui, chiqui, chiqui” hasta dejarlo sin ninguna pizca de suciedad.
Las personas estaban aterradas por esos ruidos, pero, cuando los nanos terminaron su labor, los carros siguieron funcionando como siempre y finalmente dejaron de botar ese humo gris y venenoso.

Los árboles volvieron a estar sanos, felices y fuertes, ¡por fin podían respirar aire puro!
“Muchas gracias, Alex” sonreía el guayacán mientras movía sus ramas repletas de brillantes flores amarillas. El corazón de Alex se conmovió al ver a su amigo radiante de felicidad.

“Las cosas no terminan aquí, mi pequeño amigo” le dijo el nano a Alex.

“¿No?” preguntó el niño. “No, en el mundo hay muchos autos que siguen con su aceite sucio, botando ese humo tóxico. Viajaremos hasta los lugares más lejanos para que esto deje de suceder”. respondió el nano, con la determinación llameando en su rostro.

Así, cientos y cientos de nanos salieron de la casa del abuelo de Alex, quien los miraba atónito desde su mecedora. Los pequeños seres se dirigieron hacia las montañas, en una marcha triunfal hacia su trascendental misión.

 

Escrito por: María Lucía Sarmiento Rojas.

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