Las montañas de niebla

Cuando Lili llegó a la montaña, vio grandes máquinas de metal que hacían ruidos atemorizantes.

“¡Lili! Gracias a la Madre Tierra que llegaste” Mazama, el venado, se acercó a Lili. Sus ojos estaban marcados por la angustia.

“¿Qué sucede?” le preguntó Liliana, sin dejar de mirar a la bestia metálica que se alzaba con imponencia al otro lado del camino. Su zumbido “brrrr” “brrr” le congelaba la sangre.

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“¡Quieren destruir el bosque!” exclamó Mazama con preocupación.

Lili mantuvo la calma, así como le enseñaron los ancianos de su pueblo. Al lado de las máquinas vio a unas personas vestidas de blanco y negro, así que decidió acercarse a ellas para saber qué estaba pasando.

“Buenas tardes, caballeros” habló Lili con fuerza. “¿Ustedes son los dueños de esta…cosa?”

Los hombres la miraron con sorpresa y el que parecía ser el líder habló:


“¡Vaya! ¡Una niña! No pensamos que hubiese vida por estos lares”.

Lili lo miró confundida. ¿Cómo así que no había vida? Si ante ellos había un gran bosque de bellos frailejones, los colibríes aleteaban con prisa “zumb” “zumb” y los conejos se asomaban tímidamente entre los arbustos. ¿Estarían ciegos?

“¡Pero sí esto está lleno de vida!” respondió Lili.

“Eso veo” dijo el hombre mientras sonreía. “Pequeña, tráenos a tus padres, queremos contarles las buenas nuevas”.

“¿Buenas nuevas?”

“¡Sí! Vamos a construir un lujoso condominio aquí. Con esta máquina vamos a deshacernos de esta maleza y la reemplazaremos por edificios muy elegantes” exclamó el hombre hinchado de orgullo.

“No es maleza, son frailejones, ¿y qué pasará con los animales?” cuestionó Lili, pero el hombre la ignoró.

Lili corrió, junto con Mazama, hacia su casa, en donde estaban algunas personas del pueblo y su familia. Les contó lo que estaba sucediendo, y todos se alarmaron con violencia al escuchar que pensaban destruir su hogar.

“¡Esto es terrible! No podemos permitirlo” gritó la madre de Lili.

Hace cientos de años, los ancestros de Lili habían llegado a aquellas montañas cubiertas por mantos de niebla. Aquel lugar parecía un poema de la Madre Tierra, pues los prados eran surcados por juguetones ríos, los cuales nacían de unas plantas de hojas gruesas, que crecían hasta casi tocar el cielo. Esos eran los frailejones.

“Este también es nuestro hogar. Aquí vivimos mi familia de venados y mis amigos los conejos y las dantas” expresó Mazama.

“Sí, hay que expulsar a esos invasores” gritó la madre de Lili.

“Tal vez si hablamos con ellos…” propuso Lili, pero nadie la escuchó. Todos se armaron con palos y otros objetos peligrosos, para luego correr hacia donde se encontraban aquellos hombres.

Lili estaba alarmada, porque sabía que la violencia no era la solución. Corrió tras la multitud enfurecida. Al llegar, el pueblo de Lili, encabezado por su madre, estaba gritándose con los hombres de traje.

La niña trató de parar la discusión, pero nadie la escuchaba. De pronto, un rugido rompió la pelea “ROARRR” y ambos bandos guardaron silencio. Era Misli, la puma que a veces visitaba la montaña. Ella le sonrió a Lili, y luego se fue ante la mirada atónita de las demás personas.

“Mamá, mostremosle nuestro hogar a los señores, tal vez así entren en razón” dijo Lili, así que la gente del pueblo hizo un recorrido con los forasteros, y les explicaron las maravillas de su hogar. Mazama los presentó con algunos animales del bosque, quienes los recibieron con amabilidad.

Estos hombres vieron con ojos más conscientes a aquella montaña, por lo que se dieron cuenta que su plan era terrible. Así que tomaron una importante decisión: cancelar la construcción del condominio.


Los hombres se disculparon con el pueblo de Lili, y prometieron ayudarles a proteger aquella montaña. Entonces decidieron unir fuerzas para crear un equipo que cuidará la montaña y la vida que había allí.

Con el pasar de los años, Lili se convirtió en la líder de su pueblo, y encabezó la misión de salvaguardar su hogar, la cual consistía en darles un paseo por la montaña a todos los forasteros que visitaban la montaña.

Así, la montaña sigue siendo un canto a la vida, en donde los frailejones crecen y crecen, creando dulces ríos de agua cristalina, y los animales viven en paz, porque saben que están a salvo gracias a la valentía de Lili.

Este cuento está basado en el artículo Los Machines: guardianes de los páramos y de la biodiversidad y fue escrito por María Lucía Sarmiento Rojas.

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