La fantástica finca de las piñas

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En un pueblo pequeño, en una vereda entre las montañas, vivía una familia campesina que tenía su propio cultivo de piña. Esta familia estaba conformada por los padres José y Adriana, y sus hijos Ramon y Matías. Las piñas que cultivaban eran dulces, gigantes y de un brillante naranja, ¡las más ricas de toda la región!

Pero las cosas no iban tan bien.

“Hace tiempo no sale cosecha de piña…” dijo Ramón lleno de tristeza y la familia se desanimó muchísimo.

Era principios de año, Ramón y Matías empezaban clases a mediados de marzo. Ellos necesitaban cuadernos, pero ese año el costo de estos había aumentado y el dinero no alcanzaba. 

Un golpe de suerte llegó a la familia, porque justo en esa época las piñas nacieron en abundancia. Los frutos eran gigantes y desprendían un olor delicioso. ¡Todos estaban muy emocionados! Porque por fin iban a ganar algo de dinero.

Pero aun así no vendían casi, las personas no se enamoraban de las preciosas piñas, así que la familia se las comía en diferentes y deliciosas recetas. Sin embargo, ellos no sabían qué hacer con las cáscaras y hojas que sobraban, por lo que la finca empezó a inundarse de estos residuos.

“¡Dios mío! Es imposible caminar por culpa de estas cáscaras y  hojas!” se quejaba Adriana.

Un día, El lorito de don José, quién lo había acompañado durante toda su infancia, habló y le dijo: 

“José, ¡acuérdate, cuando tú abuelo hacía cuadernos con material reciclado! ¡trua, trua!”.

 Fue así como a Ramón, escuchando al parlanchín integrante de la familia,  se le ocurrió una grandiosa idea. Si no podían comprar cuadernos, tendrían que hacerlos ellos mismos. Sonaba una locura, pero valía la pena intentarlo, todo por ver la sonrisa radiante de sus niños.

Rápidamente, José y Adriana empezaron con la tarea. Primero, picaron las hojas y las cáscaras, “¡pick,pick!”, luego, las echaron en agua para ablandarlas. Posteriormente, procedieron a darle forma a estos trocitos en un molde cuadrado.

Los primeros cuadernos se desbarataban, otros tenían una forma rara y algunos olían  a toallas mojadas.  Pero después de varios intentos, y uno que otro desastre, por fin lograron crear unos cuadernos cuadrados, resistentes y bonitos.

Habían empezado las clases, y Ramón y Matías pudieron llevar sus cuadernos. A sus compañeros les brillaron los ojos de emoción al ver estas libretas, que servían como cualquier otra, pero el color naranja y su olor a dulce  las hacían únicas.

 “Matías, tus cuadernos son increíbles, muy bonitos, me gustaría tener unos como los tuyos” dijo uno de los niños. Esta conversación llegó a los oídos de Ramón, así que decidió unirse.

“Samuel, si quieres unos cuadernos como los míos yo te podría vender algunos, ¿qué dices?” le propuso Ramón, a lo que el niño aceptó dando saltos de alegría.

De esta forma los hermanos les ofrecieron a sus amiguitos libretas de hojas de piña, quienes las compraban con mucha ilusión. Así empezó el negocio. Pocos días después, todos los niños tenían sus propias libretas. 

La familia vio una gran oportunidad de negocio, por lo que recolectaron las hojas cáscaras de piña de las demás fincas. De esta forma, empezaron a fabricar y vender sus cuadernos en los colegios y calles del pueblo. ¡Todos en la vereda bailaban de felicidad!, sobre todo los campesinos, porque ya no tenían que preocuparse por los residuos que ensuciaban sus fincas.

En menos de un aleteo, estas libretas se volvieron muy famosas en todo el planeta, ¡al pueblo llegaban personas de países lejanos  solo para comprar estos cuadernos! Así que en el mundo se dejaron de cortar árboles, porque había una nueva forma de crear cuadernos.

En la actualidad, muchas personas se dirigen a la vereda para comprar estos cuadernos. Cuando preguntan en donde pueden hacerlo, la gente del pueblo tiene la misma respuesta: ¡En la fantástica finca de las piñas!

Cuento escrito por: Laura Díaz

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