Kiki, el castor y su casita

“¡Ahh, amo este lugar, es perfecto para construir mi nueva casa!”, dijo Kiki, un castor pequeño, ágil y risueño. Kiki se había mudado a un nuevo bosque, había muchos árboles, pasto y ramitas para comer. Los demás animales eran amables, y también había un gran lago donde pensaba construir su propia madriguera.

Así que nuestro castor se puso manos a la obra y empezó a construir su casita. Pero Kiki, al ser aún pequeño, su cola no había crecido del todo bien, por lo que se le dificultaba aplastar y aplanar las ramitas y el barro.

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Después de todo un día de trabajo, finalmente estaba hecha su casa y se dispuso a descansar. “Por fin podré dormir bien a gusto en mi nuevo hogar”, dijo Kiki. A la medianoche una fuerte lluvia llegó al bosque, llovía y llovía y llovía. Se escuchaban fuertes truenos y relámpagos ¡PASSS! Kiki se dio cuenta de que su madriguera tenía goteras, ¡se le estaba entrando el agua!

Asustado, Kiki salió corriendo en busca de otro lugar para refugiarse y en el camino se tropezó con Sally, una ardilla dientona y juguetona. “¿A dónde vas, castor?”, le preguntó Sally. “No me llamo Castor, me llamo Kiki, y estoy buscando un lugar para pasar la noche, mi casita se está desmoronando”, contó Kiki un poco triste y preocupado.

“Mucho gusto, mi nombre es Sally. Lamento lo de tu casa, si quieres, puedes pasar la noche en la mía, es en el árbol de allá”, le ofreció nuestra ardilla. Kiki aceptó con emoción, pero al llegar a la casa de Sally se dio cuenta que solo ella cabía por el hoyo que había en el árbol, ya que ella era más pequeña. Así que Kiki pasó la noche bajo unos arbustos.

A la mañana siguiente, Kiki comía ramitas y Sally una bellota mientras caminaban y charlaban por el bosque. De repente, se dieron cuenta que los humanos habían tirado restos de llantas. “¡Mira! Es como una goma y también es flexible”, dijo Kiki con emoción. “¿Y si lo usas para reparar las goteras que tienes en tu madriguera?”, preguntó Sally con ingenio.

¡No se diga más! Nuestros amigos roedores se fueron corriendo hacia la madriguera y empezaron a repararla con los trozos de llantas que habían encontrado, así el agua ya no entraría más. De esta manera, no solo repararon la casa de Kiki, sino que encontraron una forma de limpiar el desorden que los humanos estaban ocasionando.

Una vez terminado el trabajo, Kiki y Sally tomaron el té en un tronco y allí se forjó una bonita amistad. FIN.

Este cuento está basado en el artículo ¡A los pits! Conoce el producto que le da una segunda vida a las llantas y fue escrito por Jenny Karina Bayona Gómez.

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