José y sus amigas las abejas

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José Reatiga era un niño que nació en la maravillosa Sierra Nevada de Santa Marta. Por lo que sus aventuras siempre sucedían entre las montañas de este hermoso paisaje. Sí, José no era como todos los niños.

Lo increíble en la vida de José era el trabajo de su papá, porque este hombre era apicultor, es decir, criaba abejas para cosechar diferentes productos muy nutritivos, como la miel y el propóleo.

Sin embargo, José no era amante de las abejas como su papá. Sin más, cada vez que escuchaba su zumbido salía corriendo lleno de terror a esconderse. José prefería mantenerse lo más alejado posible, porque si no todo su pequeño cuerpo empezaba a temblar por la presencia de estos insectos.

Pero el papá de José tenía muchísimo trabajo y solo tenía dos manos, entonces decidió que su hijo le ayudaría en sus labores. Era obvio que el niño se iba a negar; para él las abejas eran los seres más temibles que habían en la Sierra. Pensaba esto por sus aguijones que usan para picar a cualquiera que las moleste, y José había escuchado que aquellas picaduras eran dolorosas.

“José, las abejas no son peligrosas, solo hay que saberlas tratar” le decía su padre para tranquilizarlo.

“Pero papá, sus aguijones son muy peligrosos y ellas son muy violentas” lloraba el pequeño José.

“Ya verás que solo es cuestión de conocerlas. Te darás cuenta que son animales muy amigables.” Su papá le acarició la cabeza con ternura. “Ahora ve a dormir porque debemos estar muy temprano para trabajar con las abejas” le dijo y luego se retiró a su cuarto para descansar.

José hizo lo mismo, pero no pudo tener ni un segundo de sueño tranquilo, porque cada vez que cerraba los ojos, escuchaba el furioso zumbar de las abejas “bzzz” “bzzz” “bzzz”. Así que, cuando el gallo cantó anunciando el nuevo día, José aún mantenía sus ojos abiertos y el corazón palpitando intranquilo.

Eso no impidió que su padre entrará en su cuarto para llamarlo: “José, ¡levántate! Es hora de ver a las abejas!” exclamó lleno de energía. El niño se sentó perezoso en su cama, pensando en insistirle a su padre de que no lo hiciera ir a donde las abejas, pero sabía que aquel hombre era testarudo y no cedería a su petición, así que decidió resignarse a su destino aquel día.

Empezaron a vestirse para ir a ver a las abejas; su mamá había unido varias camisas viejas, improvisando los típicos overoles de los apicultores que servían para protegerse de los aguijones de estos insectos. Ya listos, se dirigieron a donde se encontraban las colmenas, que eran varias columnas de cajas en donde estos insectos habitaban y cuidaban de la abeja reina y sus crías.

El lugar en donde se encontraban las colmenas estaba rodeado por las plantas de café, cuyas flores blancas apenas se estaban asomando. Cuando estuvieron más cerca a las colmenas, las abejas salieron en manada a recibirlos mientras emitían indistinguible zumbido: “bzzz” “bzzz” “bzzz”.

De inmediato, el corazón de José empezó a palpitar muy rápido y sus manos comenzaron a sudar demasiado. El estómago se le revolvió al ver cómo estos insectos comenzaban a acercarse más y más a él. Casi se le devuelve el desayuno por la angustia.

“¡Por favor, no me vayan a picar!” les dijo a punto de llorar.

“¿Por qué te picaríamos, niño humano?” le preguntaron las abejas mientras batían sus pequeñas alas “Si no nos molestas, no te picamos” dijeron.

“Pero yo he escuchado que ustedes son muy violentas” murmuró el pequeño José.

“¡Mentiras!” gritaron con tanta indignación que José saltó del susto “Esos son puros chismes para justificar las agresiones contra nosotras, Los verdaderos violentos son algunos humanos que nos persiguen pensando que somos una plaga y no saben que ellos también salen perdiendo si nosotras desaparecemos” comentaron entre tristes e indignadas.

“¿Por qué dicen eso?” cuestionó José, porque aquella última afirmación había causado mucha curiosidad. 

“Porque nosotras somos polinizadoras” respondieron las abejas con mucho orgullo. Pero José no entendió, ¿qué era eso de ser polinizadoras? Las abejas  parecieron entender que José no había comprendido, entonces le empezaron a explicar.

“Nosotras transportamos el polen para que las plantas puedan reproducirse. Cuando nosotras buscamos nuestro alimento en las flores, algunos gránulos de polen se quedan en nuestros pelitos y en el momento en el que viajamos entre varias flores, les transferimos el polen que recolectamos, para que las flores puedan crear frutos, y así, más semillas”.

“Entonces ustedes hacen que nosotros tengamos comida” contestó José con mucha energía por haber sacado una conclusión tan acertada.

“Y que puedan existir casi todas las plantas que hay en el planeta, como estas plantas de café que nos rodean” dijeron las abejas con el ego muy elevado. No obstante, de pronto, sus ánimos cayeron y expresaron muy tristes: “Pero lastimosamente estamos desapareciendo por las acciones de algunos humanos. Muchas de nuestras hermanas ya no están con nosotras”.

“¡No se preocupen! Yo las protegeré” les prometió el pequeño José. Así, el niño dejó a un lado su miedo a las abejas y se convirtió en uno de sus mayores aliados. Con el tiempo, fue creando una sólida amistad con estos insectos.

Los años pasaron, y José se volvió un adulto que no perdió el entusiasmo de proteger a sus amadas compañeras. Sabía que no podía cumplir esta misión él solo, así que empezó a buscar a más soñadores de la Sierra Nevada que quisieran ser amigos de las abejas. De esta forma, creó una familia que trabaja de la mano con estas increíbles polinizadoras. 

Cuento escrito por: María Lucía Sarmiento Rojas
Artículo escrito por: María Lucía Sarmiento Rojas
Entrevistado: José Reátiga
Vicepresidente de Apisierra

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