Balae, el pueblo de las frutas más deliciosas

“¡Abuela! Cuéntame la historia de cómo creaste tu tienda” le suplicó Ana a Alexandra.

“Mi niña, pero ya te la he contado muchas veces” respondió.

“¡Es que me encanta!”.

Alexandra suspiró y se sentó al lado de la cama de su nieta, para así comenzar a relatar su historia.

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«Balae siempre ha sido un pueblo con playas hermosas y muchos árboles frutales. ¡Oh! Esos frutos eran exquisitos; morder una piña era como bailar con las ballenas, y comer un banano daba la sensación de volar con las gaviotas.

Pero el pueblo era golpeado por una intensa ola de calor que estropeaba a las frutas y las hacía difíciles de comer, por eso, terminaban apiladas en el basurero, dejando un olor horrible que se deslizaba entre las calles de Bale.

Para evitar eso, la gente se comía las frutas, pero sus estómagos nos las recibían muy bien.

Un día, mi hermano enfermó porque había comido una piña dañada. Se me rompía el corazón verlo postrado en su cama, pálido y débil. ¡Tenía que hacer algo! Así que fui a pedirle un consejo a mi mejor amiga, Anana, la ballena.

“¡Anana! ¡Necesito tu ayuda!” La llamé en cuanto estuve en la playa. 

“Wuuup” escuché a lo lejos, y vi a mi amiga acercarse chapoteando.

“Wuuup, hola, Alexandra” me dijo al verme. Le conté lo que estaba pasando en el pueblo. Anana se quedó pensando un buen rato.

“Oh, ya sé que te puede servir” Anana se sumergió en el agua. Luego de unos minutos, apareció con algo entre sus aletas. Era una caja metálica y rectangular, parecía un horno pequeño.

“¿Qué es?” pregunté, con curiosidad picándome el cuerpo.

“Es una máquina que evapora el agua de las frutas, eso hace que el calor no las dañe” respondió. “Hace muchos años, un inventor la arrojó al mar, así que la guardé”.

Llevé la máquina a donde mi mamá, que era la inventora del pueblo. Ella revisó el aparato y vio que el agua del mar la había estropeado. Pero ella era la mejor reparando cosas, así que se puso manos a la obra, es decir, manos a la máquina.

Mamá duró tres días moviendo tuercas y tornillos. Al encenderla, hizo “brimppp” y una luz amarilla se encendió en su interior. Metimos unas rodajas de piña a la máquina, y la pusimos a funcionar. “Brrrr” vibraba la máquina mientras yo veía cómo las rodajas se hacían más delgadas.

“Piiii” sonó la máquina al finalizar. Sacamos las rodajas, que estaban más livianas y crocantes. Temerosa, llevé una a mi boca…¡Su dulzura me cautivó! ¡Era tan rica como la piña original!

Así, procesamos más frutas y ninguna se volvió a pudrir en el pueblo. Al ver que las personas amaban estas frutas crocantes, abrimos nuestra tienda, y la llamamos Anana, en honor a mi amiga».

Al terminar su relato, Alexandra vio que su nieta dormía. Sonrió con ternura, y la arropó. Aunque habían pasado más de 60 años, jamás se cansaría de contar esa historia.

Este cuento está basado en el artículo Ananas deshidratados: los sabores permanentes del pacífico al servicio del planeta y fue escrito por María Lucía Sarmiento Rojas.

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