La última esperanza

Uno de los científicos se le acercó y habló con emoción, mientras Lord Vardan sostenía en sus manos el nuevo prototipo de estaca elaborado de madera plástica. 

-El nuevo recubrimiento antirreflectante lo hace difícil de detectar. 

Vardan sonrió afectuoso ante el entusiasmo de aquel hombre. Ese nuevo tipo de estaca les daría una oportunidad a los humanos. Sin embargo, tres horas después, el laboratorio yacía en ruinas.

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Las luces parpadeantes apenas iluminaban los escombros. Los cables colgaban inertes, soltando chispas, mientras el hedor a humo y plástico quemado impregnaba el aire. Los monitores destrozados parpadeaban con mensajes de error. Las armas en desarrollo yacían esparcidas por el suelo. 

La oportunidad se había perdido. El brutal ataque de Kain y sus soldados había consumido esa esperanza. Mientras entraban, arruinándolo todo, Kain, se acercó hacia Vardan, con voz cargada de amarga acusación:

-Sabías que este día llegaría. Te quedaste sin lugares a donde huir. Ahora los humanos van a pagar por sus pecados. 

Vardan habló con voz grave y rasposa: -¿Y qué hay de nuestros pecados? Nosotros quemamos sus bosques, infestamos sus cultivos con plagas. Los arrinconamos hasta casi extinguirlos. 

-¡Fueron ellos quienes llevaron el planeta al colapso y nos obligaron a actuar -replicó con furia Kain! 

Sus gritos hicieron que los científicos escondidos detrás de los muebles volcados se encogieran de miedo. Vardan, pensativo, recogió una estaca del suelo.

-Míralos, Kain. Son frágiles, pero ingeniosos. Hizo una Pausa

– Podríamos guiarlos para un mundo mejor, en lugar de exterminarlos. Una sociedad renovada, donde ambas razas coexistan, incluso cooperen. 

Kain frunció el ceño con desdén. 

-Esas son ideas absurdas. Tu visión siempre ha sido débil, Vardan. Te aferras a ilusiones y te alejas de la verdad. La Sociedad de Vampiros no necesita innovadores como tú. Me enfurece ver al gran Vardan, el estratega… convertido en un peón mortal.

Con sus dos metros de altura, Kain se lanzó al ataque con la ferocidad digna de un depredador. Sus garras se desplegaron como afiladas dagas y su mandíbula se abrió en un gruñido gutural cargado de veneno. 

Vardan apenas tuvo tiempo de reaccionar ante el embate de Kain. Su cuerpo se desplazó con gracia felina, esquivando a su oponente con precisión milimétrica.

Temiendo lo peor, uno de los científicos recogió una ballesta del suelo y apretó el gatillo. La estaca de madera plástica, fría y lisa al tacto, generó un zumbido penetrante y agudo al atravesar el aire. El científico apuntó mal y la estaca pasó varios centímetros por encima de la cabeza de Kain, su objetivo final. Sin embargo, la distracción fue suficiente para que Vardan escapara de un salto hacia el fondo del laboratorio, donde descansaban los prototipos.

Kain señaló a los humanos con desprecio. 

-¿Cómo puedes escogerlos a ellos sobre tu especie? ¿Qué son para que les des tanta importancia? 

Kain se abalanzó una vez más sobre Vardan. Este, en un movimiento fluido, levantó una de las estacas que yacía en el suelo. El recubrimiento antirreflectante hacía que esta fuera casi imposible de detectar en la oscuridad del laboratorio en ruinas.

Vardan la lanzó hacia Kain a gran velocidad. La estaca se deslizó por el aire de manera sigilosa. Se clavó en el corazón de Kain, penetrando con fuerza. Kain emitió un grito profundo y una fisura de dolor deformó sus rasgos. Mientras sucumbía se dirigió a Vardan.

-¿Acaso nunca fuimos lo suficientemente buenos para ti?

Vardan volteó su espalda y lo ignoró. Se giró hacia los científicos, una chispa de esperanza brillaba en sus ojos. Vardan asintió en señal de gratitud.

Había logrado derrotar a Kain. Pero Vardan sabía que otros líderes tradicionales desafiarían sus ideales de cambio. 

Contempló los restos destruidos del laboratorio. Los desarrollos creados allí, a partir de nuevos materiales que ya no requerían el consumo de los recursos naturales, podían salvar a la humanidad de la extinción. Una nueva oportunidad brillaba en el horizonte para ambas razas…

Este cuento está basado en el artículo Innovando hasta el infinito: el grito de combate de la  ‘madera plástica’ y fue escrito por Gustavo Adolfo Fonseca (Semillero ALUNA).

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