De manera loca, muy loca, mi abuelo nos dejó su herencia antes de que partiera. A mis primos les regaló casas, apartamentos, terrenos enormes y carros último modelo. En cambio, a mí me correspondió un viejo carro de 1989.

“José, eres el más listo de mis nietos, por eso te entrego a Roberto, es mi posesión más preciada. Por favor, cuídala” dijo mi abuelo con la voz temblorosa por la enfermedad y su mirada confiada sobre mis ojos.

“Por su puesto, abuelo, yo cuidaré de Roberto” le contesté lleno de tristeza, pero muy seguro de mi promesa. Mi abuelo sonrió tiernamente, y luego sus párpados se fueron cerrando con lentitud, para jamás abrirse.

Duré varios días encerrado en mi cuarto, muy triste porque ya no iba a ver a mi abuelo otra vez. Sabía que él no quería que estuviera tan desolado, así que, después de una semana, decidí salir de mi cama para visitar a Roberto, quien estaba estacionado frente a mi casa.

“Buenos días, Roberto, ¿cómo estás?” saludé lleno de energía en cuanto lo vi.

“Hola, Jo…¡cof! ¡cof! ¡cof! ¡cof!”. No terminó de saludarme porque una tos lo atacó y empezó a expulsar una gran nube tan negra como la boca de un T-rex.

La nube se esparció por toda la cuadra, así que los vecinos cerraron las ventanas para que el humo no entrara a sus casas. Después de unos minutos, el humo negro desapareció, pero la garganta me ardía y los ojos me picaban, pues no pude escapar a tiempo de aquella neblina.

“¡Lo lamento tanto!” exclamó Roberto con su voz ahogada por el humo “Hace tiempo estoy muy enfermo…no puedo andar como los otros carros porque empiezo a toser ese humo negro” lloriqueó mi amigo.

“No te preocupes Roberto, le prometí a mi abuelo que te cuidaría, y así lo haré” le dije, tratando de mostrarme seguro. 

“Seré una molestia para ti, José” sollozó el carro.

“No te preocupes, encontraré una forma de ayudarte” respondí y me fui para mi casa para encerrarme en mi cuarto.

 En realidad me sentía frustrado. Se suponía que yo era el nieto favorito de mi abuelo y lo que él hizo fue dejarme un auto viejo que no podía andar. “¡Es el colmo!” exclamé lleno de rabia.

“Hola, primito, ¿feliz con la herencia que te dejó el abuelo?” preguntó mi primo Francisco desde la puerta de mi habitación. Francisco era dos años mayor que yo, tenía 14 años. Él era engreído, petulante y siempre mostraba una sonrisa odiosa en su cara.

“¿Qué quieres, Francisco?” pregunté fastidiado.

“Nada, querido primo, solo quería venir a contarle a mi tía lo bien que me había ido con la motocicleta último modelo que me dejó nuestro abuelo” respondió Francisco con arrogancia.

“No podrás manejarla hasta que cumplas 18 años” me burlé de él.

“Al menos podré manejar algo, no como tú. Ese carro a duras penas se enciende” se río con fuerza, lo que me enojó tanto que me levanté de mi cama y empecé a perseguirlo por toda la casa para darle su merecido.

“A ver, ¿qué está pasando aquí?” mi mamá se paró frente a mí mientras correteaba a mi primo. Inmediatamente me quedé quieto, nunca era buena idea hacer enojar a mamá.

“José está celoso porque el regalo que me dio el abuelo es mejor que el de él” dijo Francisco mientras yo sentía las mejillas arder de furia.

“Pachito, gracias por visitarnos, perdona el mal carácter de José” le dijo mi mamá con ternura y Francisco sonrió con inocencia descarada.

“José, tienes que ser educado con tus primos” me reprendió mi mamá en cuanto el tonto de Francisco se fue.

“¡Pero él se estaba burlando del regalo que me dejó mi abuelo!” exclamé molesto. “Se supone que yo era el más querido de mi abuelo, ¿por qué me dejó esa chatarra?” dije con rabia. Mi mamá me miró con desaprobación en cuanto dije esas palabras.

“No hables así de Roberto, es un auto muy viejo pero también muy sensible. Si el abuelo te lo dio es porque sabrás cómo arreglarlo” contestó mi mamá. Sentía tanta frustración que no respondí nada y salí de mi casa dando pisadas fuertes como un elefante enojado.

Iba caminando tan concentrado en mi rabia, que no vi por donde pisaba y tropecé con algo que me hizo caer al suelo. Mi cara acarició fuertemente el cemento del andén. 

“¡Oye! Ten cuidado por donde caminas” escuché que alguien dijo. Me levanté y vi que me hablaba una iguana.

“¿Fuiste con lo que me tropecé? Perdona, no te vi” me disculpé bastante avergonzado.

“Ibas tan enfurecido que estabas demasiado ciego” señaló el reptil. “Me disculparas por ser metiche, pero, ¿puedo saber por qué te encontrabas tan enojado?” me preguntó mirándome con sus ojos vivaces.

Tomándome mi tiempo, le conté a Luis (la iguana) sobre Roberto, lo poco útil que era y cómo mi abuelo le había dejado a mis otros primos herencias pomposas y envidiables.

“Debería mandarlo a una chatarrería” dije al final.

“Ummm” murmuró la iguana, mirándome con atención. “Veo que solo te estás enfocando en lo malo de la situación, y creo que deberías buscar alguna solución. Pero, primero debes saber el origen del problema” me aconsejó Luis.

Hablamos hasta que el sol se escondió entre las montañas. Me fui a casa y estuve pensando en lo que me había dicho Luis. Al día siguiente, me desperté a las cinco de la mañana, me puse mascarilla, gafas protectoras y un enterizo azul, y con decisión fui a donde estaba Roberto.

“Hola, Roberto, ¿cómo dormiste?” le pregunté al saludarle.

“Oh, no muy bien…cof, cof” respondió mientras tosía.

“No te preocupes, encontraré qué es lo que te tiene tan enfermo” le dije y abrí el capó para ver su motor. Me encontré con una escena horripilante: el motor parecía completamente podrido, había nubecitas negras alrededor y un olor pestilente atravesaba mi mascarilla.

Cerré el capó, mareado por lo que había visto, pero satisfecho porque ya sabía cuál era el problema por resolver.

“Tienes el motor muy dañado, debemos cambiarlo” le dije a Roberto, pero su reacción no fue la que esperaba, porque sus luces delanteras se llenaron de tristeza.

“José, soy tan viejo que no me sirve ninguno de los motores que se fabrican ahora” sollozó Roberto, y mis ánimos cayeron al piso.

Fui al camino en donde me había topado con Luis, buscando su buen consejo. Lo encontré en un árbol, bebiendo una taza de té.

“¡José! Qué bueno verte, ¿cómo te fue con Roberto?” me preguntó en cuanto caminé hacia el árbol. Yo le di las malas noticias con mucho pesar.

“No sé mucho de carros” aceptó la iguana con humildad “pero sé que los genios siempre tienen sus grandes ideas cuando observan su entorno”.

Me pareció una frase sacada de un libro barato de filosofía, pero decidí hacerle caso y empecé a observar el lugar en donde me encontraba. Era un parque con árboles, sillas de madera y algunos juegos ya oxidados. No vi nada interesante que me diera una idea, hasta que por mi lado pasaron dos niños jugando con un carro a control remoto.

En ese momento una idea alumbró en mi cabeza.

“Puedo hacer que Roberto funcione con electricidad y no con gasolina”  le dije a Luis.

“Yo te puedo conseguir eso que necesitas para hacerlo” prometió Luis.

“¿En serio?” pregunté incrédulo.

“Claro, confía en mí.” Y me guiñó el ojo.

Al día siguiente, Luis estaba frente a mi casa con un motor eléctrico y una batería.

“Te dije que iba a conseguir lo que necesitabas, tengo muchos contactos.” Sonrío con suficiencia. 

“Wao” fue lo único que pude decir ante la sorpresa, pero una duda estaba en mi mente, y era cómo funcionaba ese motor eléctrico y esa batería.

Luis pareció leerme la mente y me respondió.

“Mira, la energía se almacena en las baterías que impulsan al motor para que el carro se mueva” explicó como un experto. “ O bueno, eso me dijo quien me dio esto, también me dejó un manual” dijo mostrando un librito.

 Al final lo que entendí fue que ya no se necesitaba ese viejo motor que funcionaba con gasolina, sino que se podía poner uno nuevo que funcionaba con energía eléctrica. 

Ya estaba casi todo listo para comenzar con mi tarea, pero me faltaba la caja de herramientas. ¿De dónde iba a sacar una?

“José…” Me llamó Roberto con voz ronca, y yo me acerqué a él.

“Se me había olvidado decirte que tu abuelo te dejó algo en el baúl”. Rodeé a Roberto para abrir su baúl y me encontré con una gran caja de herramientas de color verde.

“Tu abuelo siempre quiso que la tuvieras, sabía que te gustaban mucho las máquinas” agregó Roberto, muy despacio para evitar toser. Estuve a punto de llorar de la alegría, pero no había tiempo, debía comenzar con mi labor lo antes posible.

Sacamos el motor viejo con mucho cuidado. Luego, acomodamos las baterías y el nuevo motor dentro del capó, guiándonos con el manual. Duramos todo el día haciendo esta labor y terminamos cuando el sol se fue a descansar.

“¡Uf! Terminamos” suspiró Luis y se sentó en el piso.

“Esperemos que haya funcionado…” dije mientras miraba hacía mi herencia que tenía muchos más años. Luego murmuré “Roberto, ¿nos escuchas?”.

Las luces delanteras parpadearon para luego encenderse con intensidad. Escuché el suave murmullo del nuevo motor, que no era tan ruidoso como el de uno normal, lo cual me preocupó.

“¡Wau! Jamás me había sentido tan bien” exclamó Roberto con voz limpia y clara.

“¡Lo logramos!” exclamamos Luis y yo al tiempo.

Esa noche hubo fiesta en mi barrio y Roberto nos dio un paseo por toda la ciudad. Estaba rejuvenecido y ya no desprendía esas nubes negras.

Desde ese día me dediqué a transformar carros antiguos en automóviles eléctricos. Tanto le ha gustado la idea a las personas que he transformado todos los coches de mi ciudad y con la ayuda de Luis, sueño con convertir todos los carros del mundo entero. 

Así, ningún carro será tirado a la basura y el humo que sale de ellos será una historia del pasado.

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