Las alas que no eran de plumas
Este cuento está basado en el artículo Crear el futuro sin seguir el molde.
Escritora: María Paula Días Villareal
Publicado el: 21 de enero de 2026.
Nadie en el bosque podía explicarlo. Cada amanecer, desde la rama más baja del ceibo viejo, se escuchaba un sonido extraño: clic, clic, zzzz. Algunos decían que era un grillo con problemas mecánicos. Otros aseguraban que era un árbol con hipo. Pero no. Era algo nuevo. Algo que no pertenecía al bosque… Y siempre venía del mismo lugar: del escondite de Ming.
Ming era un pequeño colibrí que antes volaba en grandes bandadas junto a su padre, el más veloz del valle, el de las alas más brillantes que los animales habían visto jamás. Pero todo cambió el día en que un humano lanzó una piedra sin mirar. El golpe fue seco. Desde entonces, su padre no volvió a alzar el vuelo. Ahora se quedaba inmóvil, mirando el cielo… como si fuera un recuerdo que dolía. Ming no entendía ¿cómo algo tan pequeño había roto algo tan grande?
Una tarde, caminando por el suelo del bosque, empezó a notar lo que nadie más veía: fibras que parecían hilos, pétalos tan livianos como el aire, hojas secas con formas curiosas. Y entonces tuvo una idea extraña. No sabía si su idea era buena. Tampoco si era inteligente. Pero sabía que quería intentarlo.
Construyó en secreto una pequeña máquina con lianas viejas, ramas rotas, semillas duras y resina que había caído de los árboles. Todo lo que usó ya había tenido otra vida antes. Nada era nuevo, pero todo podía ser distinto. No tenía manual de instrucciones, así que lo aprendió todo a punta de ensayo, error… y muchos enredos.
Los demás lo miraban desde lejos.
—Eso no va a servir ¡Solo está perdiendo el tiempo! —decían.
—Yo creo que está armando una ensalada voladora —opinó un conejo.
Pero Ming siguió.
Día tras día, clic, clic, zzzz, algo comenzó a tomar forma: unas alas hechas de pétalos endurecidos, fibras trenzadas y savia pulida. No eran de plumas, pero eran livianas. Eran fuertes. Y se movían con el viento… a veces en direcciones inesperadas, pero volaban.
Cuando estuvieron listas, Ming se acercó a su padre.
—No puedo cambiar lo que pasó —dijo—, pero quise intentar algo por ti.
Su padre lo miró con ternura.
—Si salgo volando en círculos, prometo no quejarme —respondió.
Ming ajustó las alas con cuidado. Al principio no ocurrió nada. Luego, su padre las movió una vez… Dos… Y entonces, se elevó. No voló alto. No voló rápido, pero voló. ¡Y eso fue suficiente!
Desde ese día, nadie volvió a burlarse del sonido extraño del ceibo. Porque ahora sabían que no era solo un ruido raro: ¡era el sonido de alguien que se negaba a rendirse, incluso cuando las cosas no salían perfectas!
Información del cuento
Este cuento fue escrito por María Paula Díaz Villareal.
Imagen de portada hecha por Catalina Contreras Portilla.
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