La magia reciclada

Este cuento está basado en el artículo Una revolución que sana el planeta desde el Río Suárez.

Escritor: Javier Ardila.

Publicado el: 19 de marzo de 2026.

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Ilustración: Catalina Contreras Portilla.

¡Riiiing!

El sonido del despertador rompía el silencio de Villa Verde cada mañana. Juan Carlos abría los ojos de inmediato y se levantaba de un salto, como si el día estuviera esperándolo solo a él. Era un niño alegre, responsable con sus deberes y siempre listo para salir corriendo a encontrarse con sus amigos después de la escuela.

Las tardes eran su momento favorito. Compraban helados en la tienda de la esquina y corrían hacia la orilla del río que atravesaba la ciudad. Allí jugaban durante horas mientras el agua corría tranquila entre las piedras.

—¡Mira ese color naranja en el cielo! —exclamaba Juan Carlos señalando el horizonte.

—¡Es el atardecer más brillante que he visto! —respondía su amiga Ana mientras el río hacía un suave shhhh al pasar.

Pero, con el tiempo, algo empezó a cambiar.

Los días comenzaron a tornarse grises y la luz del sol perdió su fuerza. El viento ya no sonaba suave entre los árboles. Ahora arrastraba un ruido seco: crac, fush, el roce de bolsas de plástico volando por las calles. El paraíso estaba desapareciendo. En Villa Verde, muchas personas se habían vuelto descuidadas.

 

—¿Qué más da un papelito? —decía un vecino mientras lanzaba una envoltura al suelo: ¡paf!

—El río pasa y se lo lleva; si nadie lo ve, no es problema —murmuraban otros mientras arrojaban latas que caían con un metálico ¡clanc!.

Un día, mientras Juan jugaba con sus amigos, su pelota rodó río abajo.

¡Boing, boing, plop!

—¡Oh, no! ¡Mi pelota! —gritó Juan, corriendo tras ella.

De pronto se detuvo en seco. Un olor horrible lo golpeó.

¡Puaj! ¡Qué olor tan espantoso!

Cuando alcanzó su pelota, quedó paralizado. Montañas de basura cubrían la orilla. Había latas, cartones y trozos de papel aluminio que brillaban de manera enfermiza bajo una niebla espesa. El río ya no cantaba como antes. Solo se escuchaba un chapoteo pesado y fangoso. Juan corrió al centro del pueblo con los pulmones ardiendo.

—¡Escuchen! ¡Vengan rápido! —gritó al llegar a la plaza—. ¡Encontré el problema! ¡El río está lleno de basura!

—Bah, cosas de niños —gruñó un señor—. Solo es una ola de frío. Ya pasará. ¡Achís!

Pero un artista del pueblo, que observaba sus cuadros ahora descoloridos, se acercó pensativo.

—¿Y si es cierto? —murmuró—. Mis colores ya no brillan igual. Iré con ustedes.

Cuando llegaron al río, el artista se llevó las manos a la cabeza.

—¡Cielos! Esto es un cementerio de basura.

Se quedó mirando una lata aplastada y un trozo de madera vieja. De pronto, sus ojos brillaron.

—¡Eureka! —gritó—. ¡No solo vamos a limpiar… vamos a transformar!

Convocó a profesores, arquitectos, ingenieros y vecinos del pueblo.

—¡Necesito manos! ¡Traigan pintura, tijeras y pegamento!

Pronto comenzaron a escucharse martillos, lijas y voces trabajando juntas.

—¡Cuidado con ese tornillo! ¡Clac, clac, clac!

—¡Esta lámpara quedó increíble! —dijo una ingeniera encendiendo una luz dentro de un frasco de vidrio rescatado.

Poco a poco, el río comenzó a respirar otra vez.

Con los materiales recuperados fabricaron sillas, mesas y lámparas que parecían linternas mágicas. Lo que antes era un vertedero se convirtió en una hermosa plaza ecológica.

¡Fiuuu! soplaba ahora el aire limpio entre los árboles.

Con el paso de los días, el sol volvió a brillar sobre Villa Verde. Los habitantes comprendieron que nada es realmente basura si se usa con imaginación y responsabilidad.

—Prometamos cuidar nuestro río —dijo Juan Carlos.

—¡Lo prometemos! —respondieron todos.

Desde entonces, el cielo nunca volvió a ser gris, porque entendieron que la verdadera magia no aparece con varitas, sino con el esfuerzo de cuidar nuestro hogar entre todos.

Información del cuento

Este cuento fue escrito por Javier Ardila.

Imagen de portada: Catalina Contreras Portilla

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