El zumbido tras la tormenta
Autor: Ismary Murillo Cañizales

La lluvia golpeaba torrencialmente los techos de zinc y los ríos crecían tanto, que dañaban los caminos. Esto sucedía en Villa Nieves, en las frías tardes de octubre, mientras la neblina cubría las casas de teja. Los campesinos estaban muy preocupados porque no podían salir a trabajar. Pero el barro no era lo único grave; el verdadero misterio empezaría a esconderse en los patios cuando las nubes por fin se fueron. Al calentar el sol, los tanques destapados se llenaron de agua estancada y las larvas no tardaron en aparecer.
Enterados por las noticias, los profesores de mi colegio organizaron una brigada estudiantil. Como yo hacía parte del semillero de ciencias y no quería quedarme sin hacer nada, eché la libreta y agua a la mochila y nos fuimos al pueblo. Al llegar con las botas en el barrial, empezamos a encuestar casa por casa. En la tercera vivienda nos recibió don Tomás.
—Pasen, muchachos, pero no se acerquen mucho. En esta casa estamos todos en cama sin fuerzas. Anoche me dio un dolor de cabeza muy fuerte y mi esposa está hecha una hoguera por la fiebre. No sabemos qué nos pasa —nos contó.
Mientras mis compañeros anotaban, me incliné sobre el tanque y vi algo diminuto moviéndose en el agua.
—¡Miren esto! Vengan a ver lo que hay aquí —llamé a mis compañeros para que observaran de cerca.
Al asomarse, vimos miles de larvas nadando en el recipiente destapado. Comprendí que ese lugar era un criadero de zancudos, aunque eso solo era una pista y no un diagnóstico confirmado de lo que padecían.
La profesora intentó comunicarse con los servicios de salud, pero la llamada se cortaba por tercera vez. Afuera seguía oscureciendo y nadie respondía nuestros mensajes.
—Intentémoslo otra vez —propuso la profesora—. Las familias necesitan una valoración médica.
Tras insistir varios días, logramos contactar al doctor Ulises, un epidemiólogo experto que aceptó venir con un equipo médico. Al día siguiente, cuando apareció el equipo, la fila de vecinos avanzó hacia la caseta con una mezcla de cansancio y alivio; Don Tomás se quitó el sombrero al ver que por fin habían llegado a escucharlos.
Mientras el doctor valoraba a los enfermos, la profesora indicó:
—Tapen los tanques, revisen cada semana los baldes, usen toldillos y pónganse ropa que cubra la piel para evitar las picaduras.
En el colegio quisimos probar la ciencia haciendo un montaje de destilación con tubos y un mechero para calentar hojas de plantas aromáticas; observamos cómo el vapor subía, se condensaba en el tubo frío y caía gota a gota en un frasco. Aunque sabíamos que esto era solo una muestra experimental y que lo principal era limpiar los patios, guardamos el extracto con curiosidad, pensando en un futuro.
Tres semanas después, regresamos a Villa Nieves para reforzar las medidas de prevención. Los tanques estaban tapados y los patios limpios. Don Tomás nos recibió con una sonrisa:
—Miren el patio —dijo señalando el rincón—, ya no dejamos los baldes a la intemperie.
Al despedirnos, vimos que los vecinos revisaban sus patios. La lluvia volvería a Villa Nieves, pero ahora sus habitantes sabían qué recipientes no debían dejarle de regalo a los mosquitos.
Información del cuento
Este cuento fue escrito por Ismary Murillo Cañizales Colegio Aurelio Martínez Mutis
Imagen de portada generada con ayuda de Adobe Firefly.
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