El valor de lo olvidado

Este cuento está basado en el artículo Se descubrió el momento en que el vidrio encuentra un nuevo propósito

Escritora: María Paula Días Villareal
Publicado el: 24 de febrero de 2026.

Ilustración: Catalina Contreras Portilla

La botella rodó por el andén después de la fiesta.
—¡Clinc!
Rebotó contra el bordillo y quedó tendida junto al basurero.
—¡Aquí ya no cabe nadie! ¡Largo de aquí! —gruñó una servilleta arrugada, aplastada por restos de comida.
—Bienvenida al olvido —susurró una bolsa plástica, inflándose con el viento—. Aquí todo termina.
La botella guardó silencio. Dentro de ella solo se escuchaba un eco vacío… toc… toc… No quería acabar allí. No después de haber brillado bajo las luces. No después de haber estado llena de risas. No después de acompañar abrazos, brindis y promesas.
Desde un rincón, una lata abollada murmuró con resignación:
—Resígnate. Nos usan y nos dejan… Siempre ha sido así.
La botella sintió una grieta invisible, no en el vidrio, sino en la esperanza. Pero recordaba algo que los demás parecían haber olvidado: el vidrio no desaparece. No se rinde. Permanece. Y cuando permanece… puede volver.
Horas después, unos pasos se acercaron. Una mano levantó la botella con cuidado, como si aún valiera algo. No la sostuvo con desprecio, sino con mucha precaución. La giró lentamente entre los dedos, mientras limpiaba el polvo que la cubría.
La reflejó contra la tenue luz que entraba en el callejón. El sol atravesó el vidrio y proyectó un destello verde sobre la pared agrietada. La botella sintió que, tal vez, todavía podía iluminar algo.
—Justo buscaba una de estas. ¡Qué linda vas a quedar! — Dijo mientras daba unos brinquitos de alegría.
La bolsa soltó una carcajada —¿Para qué? ¡Es basura!
Entonces llegó el calor. —¡Tsssss! — El vidrio tembló. Pensó que la estaban destruyendo. Pensó que ahora sí sería polvo. Pero el fuego no la rompía. La liberaba. Luego vino el roce constante. —Frrr, frrr, frrr —la lija suavizaba sus bordes. Dolía un poco. Pero cambiar casi siempre duele.
Cuando el calor se apagó y el ruido cesó, abrió “los ojos”. Ya no era una botella. Era un vaso transparente que atrapaba la luz y la devolvía multiplicada. Ya no guardaba vino; ahora guardaría agua, jugo… ¡nuevas historias!
—¿Qué te hicieron? —preguntó la lata, sorprendida.
El vidrio brilló bajo el sol —No me rompieron —respondió el vidrio—. Me transformaron.
Desde ese momento, algo cambió en el basurero. Una botella rodó tímidamente.
—Clinc…
Luego otra.
—Clinc… clinc…
Y por primera vez, el basurero no parecía un final, sino una pausa. Porque algunos materiales no están hechos para morir. Están hechos para transformarse.
Ahora cada vez que alguien levanta un vaso de vidrio reciclado y bebe agua fresca, si presta atención, puede escuchar muy bajito:
—Clinc.
El sonido de algo que decidió no rendirse.

Información del cuento

Este cuento fue escrito por María Paula Díaz Villareal.

Imagen de portada hecha por Catalina Contreras Portilla.

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