El susurro de las botellas

Autor: Paula Andrea Álvarez Giraldo 

¡Cloc, cloc, cloc! Una botella vacía salió volando por el patio del Gran Colegio de la Montaña, hasta dar contra las patas de Clara, una lechuza estudiante que miraba impasible desde una rama. Otras botellas y tarros se unieron a la danza hasta que el último timbre del día llamó a los animales al edificio principal.

Esto siempre les ocurría cada día. Los recipientes sucios se acumulaban en las papeleras y a menudo habría algunas botellas entre las flores bien cuidadas del jardín después de clase. Mateo, el coatí y mejor amigo de Clara, también observaba las botellas que salían volando.

—No entiendo por qué tenemos que comprar una botella nueva cada mañana —dijo. —Podríamos usar la misma todos los días.

Clara decidió hacer un poco de investigación. Después de pasar muchos descansos mirando tarros y botellas en el patio del colegio, llegó a la conclusión de que deberían hacer un esfuerzo para reducir el número de botellas y tarros que se usaban y terminaban en los botes de basura.

¡Pero cuando Clara presentó su idea a la clase y propusó iniciar un nuevo movimiento “antitoma” de botellas de un solo uso, empezaron los problemas! Cada mañana a unos cuantos chicos se les olvidaba traer sus termos y acababan comprando una botella de un solo uso camino al colegio.

—¡Es imposible! —exclamó Clara. —¡Todo el mundo debe tener un termo o no podremos evitar tener que usar algo nuevo!

Hicieron carteles para recordar a los otros alumnos del colegio que llevaran sus termos e incluso organizaron una actividad para explicar por qué reducir el uso de botellas de un solo uso era tan importante.

Días después empezaron a ver que más alumnos traían sus termos. Sin embargo, seguía habiendo una gran pila de recipientes vacíos en la papelera de Clara.

Esto inspiró a Mateo, quien propuso convertirlas en macetas para sus amigas y colocarlas a lo largo de las paredes grises del colegio.

Con la ayuda de los profesores y sus amigos, abrieron pequeños agujeros en las botellas y cavaron pequeños hoyos en el suelo para plantar flores. Aunque las paredes del colegio nunca serían totalmente verdes, si crecían algunas pequeñas enredaderas y flores.

Sin embargo, algunas macetas no estaban bien sujetas y los guantes de Clara se quedaron manchados de tierra, ya que las enredaderas empezaban a colgarse de las paredes grises a lo largo del pasillo. 

—¿Hay suficientes cuerdas para sujetar las macetas? — se pregunta a sí misma, hasta que junto con Mateo se dio cuenta de que algunas de las cuerdas estaban rotas.

Clara pidió ayuda a otros compañeros de clases para asegurarse de que todas las tiendas estaban bien atadas a las paredes y de que tenían suficiente drenaje para que el agua no corriera desordenadamente. Trabajando por largas semanas lograron colgar varias macetas.

Al final del curso, Clara tuvo el honor de volver a la rama, ya que no había más clases hasta el año siguiente. Justo donde vio por primera vez a esa pequeña botella de plástico, vio que el patio del colegio estaba más limpio, sin botellas de un solo uso amontonadas. De vuelta por los pasillos, las pequeñas flores que plantaron Clara y Mateo con las botellas y tarros reciclados temblaban cuando el viento atravesaba los árboles de fuera, y la lechuza vio, por vez primera en meses, a un hombre caminando por el sendero, con su termo colgado del hombro.

—Recuerdo aquellos días lejos cuando tenías que correr para evitar las botellas a lo largo del camino al colegio —dijo el hombre, añadiendo luego una pregunta. —¿Cómo llegaste a crear estas macetas?

Mateo, el amigo de Clara, se acercó para tomar una foto para su álbum, señalando: 

  • ¡Mira esa primera flor que creció en esta botella de plástico!

Información del cuento

Autor: Paula Andrea Álvarez Giraldo
Colegio: Instituto Rafael Pombo

Imagen de portada generada con ayuda de Adobe Firefly.

Actividad para colegios ALUNA

¡Hola! Para acceder a las actividades ALUNA debes iniciar sesión con tu cuenta. Loguéate e inténtalo nuevamente.

Scroll al inicio