El secreto que escondían las plantas
Escritora: Samuel Esteban Miranda Publicado el: 27 de octubre de 2026.

El primer secreto del jardín no estaba enterrado bajo la tierra ni escondido entre las raíces. ¡Flotaba en el aire!
Todo comenzó una mañana de jueves, cuando Samuel caminaba por el jardín de su colegio, en la vereda La Mesa de Ruitoque. Mientras las montañas se cubrían de una suave neblina, una pequeña hoja de albahaca rozó su mano y dejó escapar un aroma que lo hizo detenerse.
—¡Qué extraño! —murmuró mientras acercaba la hoja a su nariz—. ¿Cómo puede algo tan pequeño guardar un aroma tan intenso?
Samuel observó las plantas que lo rodeaban. Algunas tenían hojas diminutas; otras, flores de colores. Todas parecían guardar secretos que nadie se había detenido a descubrir.
Aquella mañana, una pregunta comenzó a darle vueltas en la cabeza: ¿qué maravillas podrían esconder aquellas plantas y para qué podrían servir?
—¿Qué podemos descubrir si observamos las plantas de otra manera? —preguntó la profesora.
Samuel miró a sus compañeros. Todos sentían curiosidad, pero todavía quedaba mucho por investigar.
En la parte baja del colegio prepararon la tierra y sembraron plantas aromáticas y flor de Jamaica. Cada jueves, Samuel y sus compañeros bajaban a observar las plantas, regarlas y celebrar sus nuevos brotes.
—Profe, ¿y si aprendemos a transformar estas plantas en productos que podamos aprovechar? — preguntó Samuel.
La profesora sonrió y los animó a investigar. Así comenzó una aventura en la que la curiosidad se encontró con la ciencia.
Una de las ideas más emocionantes fue construir un destilador casero para explorar las propiedades de las plantas aromáticas. Con la orientación de la profesora y la ayuda de algunos amigos de la UIS.
Samuel observaba con atención aquel montaje. ¿Cómo podía una planta convertirse en algo diferente?
—¡Miren! —dijo mientras seguía el proceso.
La profesora les explicó que, al calentar el agua con las plantas, se producía vapor. Cuando este se enfriaba, se condensaba y volvía a convertirse en líquido. Así podían obtener un hidrolato y explorar la extracción de aceites esenciales, dos productos diferentes que despertaban nuevas preguntas.
Samuel comprendió que la ciencia no consistía solamente en mirar resultados, sino también en observar, preguntar y aprender de cada experiencia.
Pero el cultivo todavía guardaba otra sorpresa: la flor de Jamaica. Con ella, los estudiantes elaboraron productos como mermelada, chamoy, bebidas aromáticas, gomitas y un labial. Cada experiencia les permitía descubrir nuevas posibilidades y compartir ideas con sus compañeros.
—Yo ayudo a organizar los materiales —propuso uno.
—Y yo anoto lo que vamos descubriendo —respondió Samuel.
Entre aromas, colores y experimentos, el grupo comprendió que trabajar en equipo permitía aprender de una manera diferente. También descubrió que emprender no significaba solamente vender productos, sino investigar, crear y buscar formas responsables de aprovechar los recursos disponibles.
Desde entonces, cuando Samuel contempla el cultivo, ya no ve únicamente hojas, flores y tallos. Recuerda las preguntas que surgieron, los experimentos realizados y todo lo que aprendió junto a sus compañeros y la profesora Sudma.
Todavía sueña con que más personas conozcan sus descubrimientos y se animen a crear nuevas ideas que beneficien a su comunidad.
Aquella mañana, Samuel volvió a rozar una hoja de albahaca. Su aroma seguía siendo el mismo, pero él ya no era el mismo niño que la había observado por primera vez.
Sonrió y se preguntó: —¿Qué otro secreto estará esperando a que lo descubramos?
Y mientras el viento movía suavemente las plantas, Samuel supo que su aventura con la ciencia apenas comenzaba.
Información del cuento
Imagen cortesía de: Colegio Nuestro Señor de la Buena Esperanza