“Espejito, espejito, ¿quién es el más guapo de todo el reino de Montesol?” preguntó el príncipe Eduardo a Camilo, el hombre del espejo.

“Tú, mi príncipe” respondió Camilo en un tono aburrido.

Eduardo era un príncipe vanidoso, todos los días compraba acondicionadores, jabones y shampoos para mantenerse hermoso e impecable. Y para corroborar que era bello, se la pasaba las 24 horas frente al espejo, haciendo la misma pregunta.

Camilo estaba cansado de verle la cara al príncipe todo el tiempo. ¡Ni siquiera se había aprendido su nombre! Lo llamaba todo el tiempo por “espejito, espejito”. ¿No tiene nada más qué hacer? se preguntaba Camilo.

“Mi belleza es incomparable” dijo orgulloso Eduardo “Soy el mejor príncipe de todo el reino, ¿verdad?”.

“Ummm…la verdad, eres el peor, mi príncipe” respondió el espejo.

“¡¿Qué?! ¡¿Cómo así?!” exclamó el príncipe.

“Mi príncipe, el resto de tus productos de belleza terminan en el río del reino, eso molesta a los súbditos, sobre todo a las sirenas” respondió Camilo.

“Puff, patrañas,déjame ver a mis súbditos” ordenó el príncipe. 

El espejo obedeció y mostró a los habitantes del reino, que tenían caras enfermizas. También se veía el río, que estaba gris, y sobre las rocas se encontraban las sirenas, bastante tristes y aburridas.

Al ver esto, el príncipe se desesperó.

“¡Solo he pensado en mi belleza y ahora mi gente es infeliz” lloró Eduardo. Camilo sintió pena por el joven príncipe, podía ser egocéntrico, pero no era mala persona.

“Mi príncipe, ¿y si creas tus propios cosméticos que no dañen el río? Pueden ser hechos con plantas” le sugirió el espejo.

“No sé cómo hacerlo, las maestras de la belleza natural son las hadas, pero su reina me odia” respondió el príncipe.

“Yo puedo hablar con la reina de las hadas por usted” se ofreció Camilo, el príncipe le agradeció profundamente. Así, Camilo viajó por varios espejos hasta llegar al que pertenecía a la reina

En cuanto se vieron, Camilo le pidió ayuda para fabricar cosméticos naturales. Pero en cuanto supo que era para el príncipe de Montesol, el hada se negó rotundamente.

“Es un engreído y un cabeza hueca” exclamó la reina, pero Camilo le insistió e insistió hasta que ella accedió a enviarle a Eduardo un libro parlante que contenía todos los conocimientos sobre belleza natural. 

Camilo, muy contento, fue a donde el príncipe para entregarle el libro. Eduardo también se mostró feliz al ver que la reina lo ayudó.

Así, el príncipe fue fabricando sus propios productos con flores y plantas, siguiendo las indicaciones que le decía el libro parlante; este era un poco gruñón, por lo que al principio regañaba a Eduardo por no hacer las cosas bien.

“¡¿Ves?! Por no hacerme caso ahora ese shampoo no tiene forma” se enojaba el libro. Pero, después de practicar mucho, el príncipe logró crear muchos cosméticos de excelente calidad. 

Eran tan buenos, que el cabello del príncipe se volvió más sedoso y su rostro más terso. Y lo más importante es que el río volvió a ser cristalino, las personas del reino dejaron de enfermarse y las sirenas volvieron a nadar felices en su hogar.

¡Ah! El príncipe se aprendió el nombre de Camilo y dejó de llamarlo “espejito” “espejito”


Cuento escrito por: María Lucía Sarmiento Rojas

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